martes, 7 de marzo de 2017

De beneficios y responsabilidades

El mes pasado se anunció una iniciativa para desarrollar vacunas contra algunas de las infecciones peligrosas que aún no lo tienen (como el SARS, el Zika o el Ébola) y después acumular suficientes dosis para hacer frente a un brote y evitar que se convierta en una epidemia. Ha comenzado con un presupuesto de 500 millones de dólares, que se espera doblar, proporcionado por gobiernos y fundaciones.

La idea es tan buena como necesaria, pero el tema de las vacunas, un fármaco que se da a personas sanas, siempre despierta recelos. La prueba es que algunos comentarios a esta noticia ponen el grito en el cielo porque creen que es una estratagema de las multinacionales para poder vender de golpe miles de dosis de sus productos. Este tipo de posturas demuestra una visión simplista de cómo funciona la sanidad pero también refleja uno de los problemas de tener que depender de las farmacéuticas para la producción de medicinas: cómo regular su retribución.

La semana pasada se resolvió una agria disputa que mantenían el MIT y la Universidad de Harvard, por un lado, y la Universidad de California por el otra, relacionada con la propiedad intelectual del CRISPR / CAS9, el revolucionario sistema de edición genética que ya ha cambiado la forma de hacer investigación y que no debería tardar mucho en entrar en los hospitales. El resultado es que Harvard puede mantener las patentes que California, la sede de los primeros descubridores, quería declarar nulas.

Los detalles legales del caso son complejos y debemos asumir que la decisión debe ser la más justa de acuerdo con la normativa vigente, pero lo que esto significa, en la práctica, es que todo el que quiera usar el CRISPR / CAS9 médicamente deberá pagar dos veces, una a los que desarrollaron el sistema genérico (en California) y la otra a los que protegieron su uso en células humanas (en Harvard). El resultado es que el producto se encarecerá y el usuario asumirá el coste. Y todo por un tecnicismo. Esto puede ser tolerable cuando hablamos de artículos de lujo, pero no cuando lo que está en juego es la salud.

Las patentes son importantes para incentivar la investigación y el desarrollo, y también para premiar el valor de las ideas. Son necesarias para proteger una inversión arriesgada, pero no deben servir de excusa para el enriquecimiento excesivo de unos pocos en detrimento de la calidad de vida de muchos.

El ejemplo más extremo es el precio desorbitadamente alto de muchos tratamientos para el cáncer, al menos en los primeros años, varios órdenes de magnitud sobre el coste real. Aunque es comprensible que una empresa farmacéutica quiera rentabilizar cuanto antes los fondos invertidos en el desarrollo de un producto (que suele superar fácilmente los mil millones de dólares, no lo olvidemos), la ética tiene unos límites que no deberían cruzar nunca.

Es importante entender qué papel juegan y deben jugar las iniciativas privadas en el tejido social para poder recompensarles y controlarlas de la manera adecuada. Y no solo en el campo médico. Es infantil echarle la culpa de todos los males a los bancos, sin los cuales no podría existir el sistema económico que es la base de las sociedades democráticas, pero es irresponsable darles a cambio un cheque en blanco, porque han demostrado más de una vez que abusan.

El desastroso rescate derivado de la última crisis, que ha vaciado las arcas públicas cuando más las necesitamos mientras algunos aseguraban jubilaciones holgadas, no se debería repetir más. Igualmente, las farmacéuticas son parte indispensable del mundo sanitario, pero se les debe hacer encontrar cómo equilibrar objetivos financieros con la responsabilidad que tienen por el hecho de que la salud de su negocio dependa de la salud los demás.

Evitemos caer en maniqueísmos innecesarios, pero también en una complacencia peligrosa. El sistema funciona si se vigila bien. Que una compañía farmacéutica se haga de oro con la venta de unas vacunas no significa necesariamente que nos time. La medicina avanza porque los estados y las empresas invierten, unos a fondo perdido, los otros buscando beneficios.

Los gobiernos no pueden desatender los presupuestos de investigación, como las farmacéuticas no pueden abusar de la situación de poder. Ambas cosas aún pasan, por desgracia, y seguirán ocurriendo. En un país con tendencia endémica a las puertas giratorias y la ignorancia científica, debemos estar alerta. Y eso es trabajo de todos.

[Publicado en El Periódico, 25/2/17. Versió en català.]

martes, 7 de febrero de 2017

El gobierno de la ignorancia

La semana pasada el mundo fue testigo, con cierta perplejidad, de la llegada al poder de Donald Trump, el 45º presidente de EEUU. Digo perplejidad porque poca gente creía que un ególatra machista, racista, arrogante, ignorante, mentiroso, grosero, maleducado y sin ningún tipo de preparación política (todo esto son hechos contrastables, no opiniones mías) consiguiera el apoyo necesario para liderar el país más poderoso del planeta. Pero la democracia, por diseño, no tiene ninguna protección contra este tipo de giros inesperados del guion. Como lo que se vota es sobre todo la fachada del candidato, no su currículum, en momentos especiales como los que estamos viviendo ahora no es de extrañar que los despachos se llenen de personajes curiosos con la intención de sacudir el sistema desde dentro.

Esto es lo que esperan que hagan quienes los han elegido, por supuesto, pero también algunos de los que más se oponen. Por ejemplo, ciertos pensadores progresistas opinaban estos días que tener a Trump mandando puede ser un revulsivo para, gracias al efecto rebote, sacar lo mejor de cada persona. De momento lo que ha conseguido es llenar las calles estadounidenses de pancartas que proclaman: «Este no es mi presidente». Si nos paramos a pensar, es un eslogan muy antidemocrático, ya que no cuestiona la validez de la persona sino del procedimiento para elegirla. Si esto es una muestra de lo que con Trump puede aflorar, no hay muchos motivos para ser optimista.

Pero no es necesario que nos entretengamos a predecir si su mandato será tan nefasto como su personalidad anticipa porque ya nos ha dado los primeros avisos. Dan especialmente miedo todas las políticas que tienen que ver con la ciencia. Por ejemplo, Trump se ha apresurado a demostrar su incompetencia resucitando un mito que los datos objetivos habían enterrado hacía años: que las vacunas pueden causar autismo. Solo hay que informarse un poco para descubrir que esta falsedad y el estafador que la promovió han sido ampliamente desacreditados.

Algo parecido ocurre con el cambio climático, que ya no se discute si es real o no, sino solo cuál es su origen. Aunque en este caso el debate aún está vivo, la gran mayoría de expertos coincide en señalar la actividad humana como responsable, lo que significa que podemos hacer algo para evitar que empeore. Pero Trump prefiere hacer pasar los intereses económicos por delante del razonamiento científico y desmontar todo lo que hemos logrado últimamente. El problema es que se necesitarán décadas para revertir el desastre que pueden causar estas directrices durante los próximos cuatro años.

Dan miedo especialmente todas las políticas de Trump que tienen que ver con la ciencia
La ciencia es una de esas áreas, como la sanidad, la educación y la cultura, que debería funcionar al margen de la política. Las decisiones no las debería tomar un partido, sino una comisión independiente donde unos expertos representaran todos los puntos de vista de manera argumentada y abierta a los cambios. Es lo que los americanos llaman ser bipartisan, una palabra que resume muy bien el acuerdo entre dos facciones opuestas. Las decisiones en estos temas deberían ser consensuadas y de larga duración, para evitar hacer y deshacer estrategias tan vitales en cada cambio de ciclo político. Es la mejor manera de avanzar en línea recta y no en zigzag.

Un ejemplo de ello es el fracaso del 'Obamacare', una reforma sanitaria más bien intencionada que implementada. Su desmantelamiento no será culpa de Trump, sino de que no se desarrolló con la colaboración de los republicanos. No se pueden hacer políticas tan integrales de espaldas a la mitad del país. Por desgracia parece que el plan es seguir con esta tónica, pero ahora hacia el otro lado. Y mientras, las víctimas colaterales de estas decisiones alimentadas por el partidismo irán aumentando.

La frase que resume mejor la estupidez de los tiempos que corren la pronunció este verano Michael Gove, que entonces era ministro de Justicia británico, cuando en plena campaña por el 'brexit' afirmó que la gente estaba harta de los expertos. Es una línea de razonamiento peligrosamente parecido al «¡Muera la inteligencia!», el famoso exabrupto que Millán-Astray dedicó a Unamuno en octubre de 1936. Y ya sabemos cómo acabó todo aquello. Tal como están yendo las cosas, cuesta pensar que los humanos seamos organismos capaces de aprender de nuestros errores. Este año, Europa tendrá varias oportunidades de demostrarlo en las urnas y derrotar al gobierno de la ignorancia. Esperamos que no nos falle el pulso.

[Publicado en El Periódico, 28 de enero de 2017. Versió en català.]

lunes, 9 de enero de 2017

Una sociedad "low cost"

“Estamos sufriendo las consecuencias de una economía 'low cost'", me decía un amigo el otro día. "La crisis ha reducido los presupuestos y esperamos conseguir los mismos resultados que antes pero pagando mucho menos". Por desgracia, estos principios se han generalizado. Muchos profesionales no tienen más opción que aceptar el chantaje, mientras que otros intentan buscar alternativas dignas. Sea como sea, la estrategia tiene una víctima: la calidad.

En prensa este impacto es evidente. Otro amigo mío, periodista cultural con más de 20 años en el oficio, ha decidido dejar todas las colaboraciones que hacía porque con lo que le pagaban ya no se sacaba ni un sueldo de mileurista. Las horas que tenía que dedicar para entregar un trabajo con cara y ojos no compensaba los exiguos cheques que recibía a final de mes. Mientras él se dedica a otras cosas, su lugar en los medios la acabarán ocupando personas con menos experiencia o que completan el trabajo invirtiendo menos esfuerzo. Cualquier consumidor atento notará la diferencia.

Junto con la cultura, un ámbito del periodismo que está sufriendo los estragos del modelo 'low cost' es el de la ciencia, y es peligroso. Hemos visto un par de ejemplos últimamente. El primero es el caso de Nadia, la niña con tricodistrofia a la que sus padres utilizaron durante años para engañar a la gente y recaudar fondos para un tratamiento milagroso que, obviamente, no existía. Varios medios contribuyeron inocentemente al engaño sin pararse a pensar que la mayor parte de lo que decían no tenía ningún sentido desde un punto de vista médico.

Cualquiera con conocimientos científicos medios lo hubiera detectado. Lo más triste es que el último diario que cometió el error de amplificar la estafa y que precipitó el descubrimiento de las patrañas, hace pocos años tenía una de las mejores secciones de ciencia de la prensa ibérica. Parece que los recortes le han dejado sin nadie que pueda evitar desastres de este tipo. No es solo un problema de honor: ahora pagarán justos por pecadores porque nos lo pensaremos dos veces antes de dar dinero para ayudar a una persona enferma. Solo hace falta un poco de tiempo y cierta experiencia previa, las dos cosas de las que hoy en día creemos que podemos prescindir.

El segundo caso quizá no es tan evidente. Hace unas semanas algunos medios anunciaban que comer grasas favorecía las metástasis. Esto se basaba en un trabajo espectacular de un grupo del Institut de Recerca Biomèdica de Barcelona, dirigido por Salvador Aznar Benitah, que presentaba una forma de reconocer las células responsables de las metástasis gracias a una proteína que tienen en la membrana, que permite a la célula captar la grasa que hay en la sangre. Lo más importante es que esto proporciona por primera vez una posible diana para diseñar fármacos contra las metástasis, las principales responsables de la muerte a causa del cáncer. El impacto que podría representar para los tratamientos del futuro sería fenomenal. Pero, en lugar de ello, la mayoría de titulares destacaban un posible efecto de la dieta en el pronóstico de los cánceres, que no era lo que decía el artículo original.

El estudio usaba unos ratones transgénicos con tumores orales sometidos a unas dietas y unas condiciones que no son directamente extrapolables a los humanos, por lo tanto, aún es prematuro hablar de los efectos que comer menos grasas tendría en los enfermos. El artículo lo deja claro, pero las noticias se saltaban estas precauciones. Lo más probable es que no tardemos en ver recomendaciones que exhortarán a los que sufren un cáncer a desterrar las grasas, cuando aún no tenemos datos suficientes para concluirlo, y quién sabe si podría ser contraproducente.

Es cierto que los jefes de prensa de las instituciones de investigación embellecen los resultados para hacerlos más atractivos para los medios, pero nadie debería publicar una nota sin invertir unos minutos en ir a la revista que contiene el trabajo que se quiere dar a conocer y comprobar sus conclusiones. Solo hace falta un poco de tiempo y cierta experiencia previa en el campo, pero estas son precisamente las dos cosas de las que hoy en día creemos que podemos prescindir. Al final, la información que difundimos sale distorsionada.

Los anglosajones resumen esta situación con la frase 'you get what you pay for': si pagas una miseria, obtendrás una miseria. De cara al nuevo año deberíamos proponer romper este bucle para dejar de ser una sociedad 'low cost'. Si no, el futuro que nos espera será bastante pobre.

Publicado en El Periódico, 31-12-16. Versió en català

jueves, 8 de diciembre de 2016

Los límites de la manipulación genética

La semana pasada tuve el placer de participar en el debate final del ciclo 'Futur (s)' de este año, organizado por la Obra Social la Caixa y el Ateneu Barcelonès. El tema era qué límites hay que poner a las manipulaciones genéticas, uno de los avances biológicos que pronto se podrían aplicar a humanos, y compartía escenario con Núria Terribas, directora de la Fundació Grífols, y el periodista Lluís Reales. No ocurre muy a menudo que uno tenga la oportunidad de discutir sobre bioética y, en este sentido, se ha de agradecer a los organizadores de los esfuerzos que hacen año tras año para divulgar y difundir el conocimiento científico, sobre todo en relación a cómo las nuevas tecnologías cambiarán la sociedad. También hay que felicitar a la Fundació Grifols por su misión de promover el diálogo entre especialistas para definir los parámetros éticos que deben regir la biomedicina del futuro y, sobre todo, la tarea de acercar las conclusiones al gran público.

El debate era especialmente relevante debido a las recientes novedades en las herramientas de edición genética, concretamente el procedimiento conocido como CRISPR / CAS9, que ha hecho que el concepto de jugar con nuestro genoma pase del reino de la ciencia ficción a ser una posibilidad inminente. De hecho, hace unos días se anunció que en China se había usado el CRISPR por primera vez de forma terapéutica. En un ensayo clínico, un enfermo de cáncer de pulmón recibió una inyección de sus células de la sangre, que previamente se le habían extraído y modificado vía CRISPR para hacerlas más 'fuertes'. Es una forma de inmunoterapia, otra palabra de moda, con tratamientos que buscan reactivar el sistema inmune para ayudarle a vencer enfermedades, en este caso, a destruir células malignas.

Si ya alteramos genes para curar, no tardaremos mucho en poder hacerlo también por 'mejorar', es decir, para hacer cambios en personas teóricamente sanas. Aquí es donde está el peligro de cruzar una posible frontera moral, sobre todo si pensamos que esto se podría aplicar a los embriones para acabar teniendo hijos 'a la carta'. Una de las ideas comentadas fue que los padres tal vez no debemos presuponer este tipo de derecho sobre los hijos, el de poder tomar decisiones que les afectarán toda la vida. Por otra parte, es una prerrogativa que en cierto modo ya tenemos, si pensamos que elegimos para ellos la escuela, el barrio o los hábitos alimenticios, que tendrán un impacto imborrable en su futuro. Cuando la manipulación genética sea una opción real, quizá las diferencias no serán tan claras.

Si ya alteramos genes para curar, no tardaremos en poder hacerlo para 'mejorar'
Aprovechando un público motivado, hicimos un pequeño experimento para ver hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para beneficiar nuestros descendientes usando la manipulación genética. El auditorio no tuvo ningún problema para votar a favor de permitir que los hijos fueran inmunes al cáncer o incluso un poco más inteligentes. Cuando preguntamos si los harían más altos empezaron las dudas, aunque es una característica física que puede dar evidente ventaja social a una persona.

La línea roja la pusimos en modificaciones del aspecto para disimular las raíces étnicas (aclarar el color de piel, corregir una nariz ganchuda...), incluso con el supuesto de vivir en una sociedad xenófoba en la que tendrían problemas para tener los mejores puestos de trabajo. Consideramos que no se debería permitir borrar la identidad cultural, para prevenir corrientes eugénicas o acabar homogeneizando la especie.

Es interesante que este fuera el límite marcado por una muestra de un centenar largo de personas, en su mayoría caucásicas y de clase media, reunidas en un barrio acomodado de una ciudad grande en un país desarrollado. Si hubiéramos hecho la pregunta a los emigrantes europeos que, a inicios del siglo XX, trasladaban su familia a EEUU huyendo de la miseria, la respuesta seguro que habría sido diferente. La pista es que muchos cambiaron sus apellidos precisamente para disimular sus orígenes judíos o de Europa del Este.

Definir los límites éticos de la ciencia es una tarea mucho más compleja de lo que puede parecer. Los principios morales de cada país, sociedad, época e individuo hacen que la cuestión tenga algunos blancos y negros pero, sobre todo, muchos grises. Costará definir una norma universal que todas las culturas puedan suscribir, y mientras esto no ocurra, los riesgos de cometer errores es muy elevado. Por eso es tan importante que el debate no se detenga.

Publicado en El Periódico, 3/12/16. Versió en català.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Enemigos microscópicos

Este domingo, una vez más, tendréis la oportunidad de conseguir uno de mis libros con El País. Se trata de Enemigos microscópicos, una actualización condensada de mi anterior libro sobre el tema, Las grandes plagas modernas, ya descatalogado. Si os interesan las enfermedades infecciosas, no olvidéis reservarlo en vuestro quiosco preferido.


lunes, 14 de noviembre de 2016

El Paciente Cero y el problema de la imagen

Gaëtan Dugas era un auxiliar de vuelo canadiense que murió en 1984, víctima del sida. Durante mucho tiempo se le ha considerado el responsable de la introducción del VIH en América, tras haberse contagiado en un viaje a África, y de esparcirlo por los círculos homosexuales de Estados Unidos debido a su gran promiscuidad. Es el concepto del Paciente Cero, que ha servido para determinar el inicio exacto de una de las crisis sanitarias más importantes que ha sufrido América del Norte. La demonización de Dugas es principalmente mérito del periodista Randy Shilts, autor de 'And the Band Played On', uno de los primeros libros sobre el tema, que tuvo un impacto mediático considerable. A partir de su publicación, se popularizó la idea de que la culpa de la epidemia americana era de una sola persona y Dugas pasó a ser uno de los hombres más odiados del momento.

Esta acusación había sido posible gracias a un estudio científico, publicado el mismo año que moría Dugas, que lo ponía en el centro de los primeros grupos de homosexuales afectados. Pero, con el tiempo, análisis genéticos de mayor alcance han permitido descubrir que el VIH ya había cruzado el Atlántico mucho antes de que Dugas entrase en contacto con él (concretamente, a través de Haití, a finales de la década de los 60). La teoría de que un paciente había sido el origen de todo empezaba a resquebrajarse. Hace unos días, un artículo en 'Nature' le ha dado el golpe de gracia. Analizando muestras de sangre guardadas durante décadas, los investigadores han concluido que Dugas se infectó cuando el virus ya hacía tiempo que corría por el país, proveniente del Caribe, y que la puerta de entrada de la epidemia había sido Nueva York a principios los 70.

Una serie de casualidades habían sido clave en la transformación de Dugas en el malo de la película. Para empezar, no había sido más promiscuo que otros individuos, pero sí había conseguido recordar más nombres de sus parejas ocasionales, y eso había hecho que su red de conexiones se pudiera dibujar de una manera especialmente clara en el estudio inicial. Además, en ese artículo se le designó con una O porque era el único paciente estudiado fuera (outside) de Estados Unidos. Un error de lectura transformó la letra en un número (ambos se llaman igual en inglés) y esto dio accidentalmente una etiqueta fácil de recordar. El efecto secundario fue que el cero lo asociaba automáticamente con el inicio. Solo fue necesario que Shilts magnificase este impacto para crear un mito que ha durado 30 años. Era un concepto atractivo, una simplificación que ayudaba a entender una epidemia difícil de explicar al público, con un componente moral bastante espinoso, y por eso se acabó implantando con tanta facilidad.

Una conjunción de malas interpretaciones convirtieron a la víctima Gaëtan Dugas en verdugo
El injusto caso del Paciente Cero evidencia una consecuencia directa de cómo se organizan las sociedades modernas, que se ha agravado aún más a medida que desaparecían las fronteras culturales y surgía un tejido global común: la realidad es la imagen, no el contenido. Lo que llamamos real es, en la práctica, una construcción humana que interpreta una serie de hechos, y es esa representación la que verdaderamente tiene peso social, no los propios hechos. No importa que Dugas fuera realmente una víctima: una conjunción de malas interpretaciones de los datos lo convirtieron en el verdugo.

Lo dijo Plutarco hace casi dos mil años, y hoy en día su máxima es más vigente que nunca: a la mujer del césar no le basta con ser honesta, además debe parecerlo. Incluso podríamos añadir que, mientras lo parezca, ni siquiera es necesario que lo sea. Tiene lógica: la apariencia de cualquier hecho es la interfaz que nos permite asimilarlo, por eso tiene tanta relevancia. Para que algo pase a la historia no basta con que cree un impacto de cualquier tipo, sino que se ha de construir una imagen que facilite su interpretación. Un ejemplo podría ser que el éxito de cualquier creación artística está muy ligado a la biografía del artista responsable, hasta el punto de que eso distorsiona la calidad intrínseca de la pieza. También funciona cuando buscamos una cabeza de turco, como en el caso de Dugas.

A menudo, un individuo implicado puede contribuir de alguna manera a este proceso de traducción sesgada de la realidad. Otras veces, el trabajo lo hacen los demás, sin opción a réplica, como ocurrió con el Paciente Cero. Dugas ha tenido suerte de que alguien ha encontrado finalmente la verdad escondida, pero la historia debe estar llena de muchas otras personas que han terminado representando algo que no eran, y eso ocultará para siempre lo que realmente había detrás.

[Publicado en El Periódico, 5/11/16. Versió en català.] 

lunes, 24 de octubre de 2016

Un Nobel caníbal

Esta ha sido la semana de los Nobel científicos (aún quedan por dar el de Literatura y el de Economía), el único momento del año que los investigadores somos tratados como famosos suficientemente dignos para salir en la portada de los periódicos. Esta semana también es el momento más temido por muchos periodistas, que deben esforzarse en hablar de temas terriblemente complejos solo con la ayuda de las muletas que proporcionan las notas de prensa de la Fundación Nobel.

Hay veces que cuesta bastante (explicar el de Física de este año es todo un reto, por ejemplo) y otros que el impacto es fácil de ver incluso por quienes no son expertos. El último Nobel de Fisiología o Medicina es de este último grupo. Se lo ha llevado una persona en solitario, algo poco habitual en esta categoría (solo ha pasado dos veces desde principios de siglo). Se trata del microbiólogo japonés Yoshinori Ohsumi y el motivo ha sido el descubrimiento de la autofagia. Por pocas nociones de griego que tengamos, es fácil deducir que este fenómeno está relacionado con el hecho de "comerse a uno mismo". ¿Qué significa este tipo de canibalismo cuando hablamos de células? Cuando hay una situación estresante, por ejemplo una falta importante de alimentos, cualquier célula reacciona defendiéndose de la mejor manera que sabe. Una opción puede ser 'reciclar' parte de su contenido para transformarlo en los nutrientes que tanto necesita y poder sobrevivir así hasta que las condiciones mejoren. Esto se llama autofagia. Naturalmente, la autofagia llevada al extremo puede llegar a destruir la célula afectada, lo que también puede ser conveniente para el organismo en ciertos momentos. Es pues un arma de doble filo que resulta muy útil para la supervivencia. Por ello, pese a que Ohsumi la estudió en las levaduras, se ha visto que casi todas las células tienen programados estos mecanismos. Si la autofagia falla pueden acelerarse problemas como el cáncer o la enfermedad de Párkinson.

Este año, algunos esperaban que uno de los Nobel fuese a descubridores del CRISPR-CAS9, un método simple y efectivo de manipulación genética que se ha popularizado y que puede llegar a trastocar muchos aspectos de la sociedad (ya ha revolucionado cómo trabajamos en los laboratorios). Curiosamente, este sistema se desarrolló a partir del descubrimiento original que hizo en los años 90 Francis Mojica, un microbiólogo de la Universidad de Alicante. Las esperanzas de que un español ganara un Nobel científico (que sería solo el segundo de la historia, tras Ramón y Cajal) de momento se han desvanecido, pero nunca se sabe qué pasará más adelante.

A diferencia de los Nobel de Literatura y, sobre todo, el de la Paz, que suelen ir rodeados de polémica y regirse por criterios no siempre objetivos, los premios científicos rara vez se pueden discutir. Suelen otorgarse a investigadores que han hecho méritos para recibir la medalla y que están esperando pacientemente. No he visto que nadie haya dudado de la calidad de un descubrimiento premiado en estas disciplinas. Como mucho, a veces ha habido quejas porque alguien que había contribuido de forma importante a un descubrimiento se había quedado fuera de la terna, pero esto es un problema inevitable cuando se han de escoger un máximo de tres nombres de un trabajo siempre multidisciplinar y multitudinario.

Pero, como en todos los premios, los jurados son humanos y susceptibles a presiones de todo tipo, sutiles o no. De la misma forma que los lobis de las productoras son esenciales para decantar los Oscar, también en el caso de los Nobel no es lo mismo si detrás de un científico hay universidades como la de Cambridge o la de Harvard (siempre presentes en el top 10 de todas las clasificaciones y, naturalmente, rellenas de Nobel), la universidad de Tokio (donde Ohsumi hizo sus principales descubrimientos y que está en el top 40) o las de un país, como el nuestro, que no tiene ninguna entre las 150 mejores.

En todo caso, el premio de Medicina de este año nos demuestra que un científico que estudia un organismo tan humilde como la levadura puede llegar a hacer descubrimientos capaces de cambiar la manera que tenemos de entender el mundo. Y, además, es la prueba de que los mecanismos básicos de la vida son transversales y compartidos entre todos los seres vivos de este planeta, desde los microbios más minúsculos los organismos tan complejos como los humanos. Es motivo suficiente para quedarse con la boca abierta un buen rato.

[Publicado en El Periódico, 9/10/16. Versió en català.] 

viernes, 14 de octubre de 2016

¿Es posible frenar el envejecimiento?

Este domingo podréis conseguir mi último libro, ¿Es posible frenar el envejecimiento? La ciencia en las fronteras de la vida comprando El País. Forma parte de una colección dedicada a la ciencia, que no se vende en librerías, y es un resumen de todo lo que sabemos actualmente sobre el envejecimiento, desde sus causas a las posibles intervenciones que podrían frenarlo. 

¿Podremos vivir más de 150 años? ¿Es posible la inmortalidad? Todo esto y mucho más, este domingo con El País, ¡no os olvidéis!


lunes, 10 de octubre de 2016

¿Dónde está la ciencia?

La temporada ha comenzado con polémica. El anuncio, hace unos días, de la nueva parrilla de la radio pública catalana disparó muchas quejas sobre la falta de espacios propios para la cultura, que se ha visto relegada a pequeñas secciones mientras los deportes ganaban horas de antena. En medio de este alboroto, el científico Miquel Tuson proponía en Twitter el 'hashtag #OnÉsLaCiència' para recordar que hay otra área menos representada en los medios. La comparación no es arbitraria: hace más de un siglo, Santiago Ramón y Cajal ya decía que la cultura y la ciencia son los dos pilares que nos diferencian de los animales. Y si la primera con frecuencia está marginada en muchos aspectos de la vida pública, la segunda es prácticamente invisible. Es increíble que no nos demos cuenta de que tan grave es una cosa como la otra.

Quizá estoy mal acostumbrado, porque aquí donde vivo, en el Reino Unido, las cosas son muy diferentes. La BBC tiene un canal de televisión dedicado exclusivamente a la cultura, en el que muy a menudo hay programas sobre ciencia (los británicos han entendido que es parte esencial de la educación). Pero no solo eso: la BBC-1 emite documentales excelentes a las horas de mayor audiencia (la semana pasada, por ejemplo, hicieron dos seguidos de física), que se alternan con naturalidad con seriales y 'realities'. En cambio, la iniciativa pública no destina ningún canal íntegramente a los deportes. Esto lo deja a las privadas.

Una de las consecuencias directas de invertir tiempo en explicar bien la ciencia en los medios es que la gente la entiende y la aprecia mucho más. Y esta concienciación social obliga a los políticos a dedicarle más presupuesto. Con tantos recursos se puede hacer investigación de muy alto nivel y, además, atraer talento de todo el mundo. Recordemos el caso de Guillem Anglada-Escudé, el astrofísico catalán que, en la Universidad Queen Mary de Londres, ha dirigido el grupo que recientemente ha descubierto el exoplaneta más cercano a la Tierra. El hecho de que haya habido 85 premios Nobel científicos en el Reino Unido y solo uno y medio en España es una medida del abismo existente entre los dos países en este tema.

Se podrían discutir estos datos con el argumento del huevo y la gallina: ¿qué ha de ser primero, el interés popular o la presencia mediática? Esta excusa se ha utilizado para afirmar que, para sobrevivir, los medios deben dar al oyente lo que reclama. Primero, esta afirmación podría hasta cierto punto ser cierta en el caso de las privadas, que deben cuadrar números a finales de mes, pero nunca para las públicas, que como principal objetivo no tienen el de ganar dinero sino proporcionar un servicio a la sociedad.

Un pueblo sin unos mínimos conocimientos científicos corre el riesgo de ser manipulado por estafadores y avispados, como vemos que ocurre con una frecuencia alarmante en nuestro país, con unos resultados que pueden llegar a ser mortales. Y segundo, ¿quién dice que la ciencia y la cultura no pueden ser atractivas y económicamente viables? Sky, el principal medio de pago en el Reino Unido, también tiene su canal cultural, Sky Arts. Si no fuera rentable, ya lo habrían cerrado hace tiempo.

El círculo vicioso de ignorancia/invisibilidad se puede romper, pero nos debemos esforzar todos. La solución no puede ser solo introducir píldoras en los programas generalistas, como se hace mayoritariamente ahora. Es un primer paso que había que dar para salir del pozo donde estábamos, pero ahora tocaría pasar pantalla. Tampoco basta con llenar de ciencia los canales secundarios o las madrugadas, aunque esto también tiene utilidad y en Catalunya se hace con un cierto éxito. Debemos sacarla de los guetos; por ejemplo, dándole espacio en las secciones de Opinión, como muy acertadamente hace este diario. Hay que seguir el ejemplo británico y colocar poco a poco programas interesantes en el 'prime time', para que la presencia de contenidos científicos se vea normal. Que se entienda que la ciencia puede ser entretenida sin dejar de ser rigurosa. Quizá perderá siempre la batalla de los porcentajes, pero poco a poco ganará adeptos y dejará de ser vista como algo incomprensible que hacen un grupo de tipos aburridos en las universidades. Esto sería una victoria inmensa.

Lo que digo sirve tanto para la ciencia como para la cultura. No tiene mucho mérito que las defienda, porque yo soy de los dos ramos. Lo que hace falta es que desde fuera también se escuchen quejas. Es como el célebre discurso de Martin Neimöller que denunciaba la cobardía de los intelectuales alemanes ante los nazis, aquel que comienza diciendo: «Cuando vinieron a buscar a los comunistas, yo no dije nada porque no era comunista». La historia termina cuando le vienen a buscar a él y ya no queda nadie que pueda alzar la voz. Aquí pasa lo mismo: ciencia y cultura son patrimonio de todos, y los tenemos que defender con uñas y dientes.

[Publicado en El Periódico, 10/09/16. Versió en català.] 

martes, 19 de julio de 2016

Dolly, 20 años después

A finales de los años 90, cuando estaba en la recta final de la tesis, me propusieron dar una serie de conferencias en asociaciones de la tercera edad repartidas por toda Catalunya. Fue la primera vez que tuve la oportunidad de hacer divulgación. La experiencia resultó tan satisfactoria que, desde entonces, siempre procuro encontrar alguna manera de hablar de novedades científicas con todo el mundo que me quiera escuchar.

Lo recordaba esta semana porque el pasado martes se cumplió el 20º aniversario del nacimiento de la famosa Dolly, la oveja clonada a partir de una célula adulta. Dolly era una de las estrellas de mis charlas para jubilados porque entonces hacía muy poco que Ian Wilmut y otros científicos del Roslin Institute de Edimburgo la habían presentada al mundo. La gente quería saber quién era exactamente esta bestia con nombre de cantante de country (la habían bautizada así por Dolly Parton) y qué significaba este avance sorprendente que salía en todos los periódicos. Y, sobre todo, me preguntaban si esto implicaba que pronto podríamos 'fotocopiar' humanos. A pesar de que parecía una cuestión fácil de contestar, incluso hoy no hemos sabido encontrar una respuesta.

Dolly no fue el primer animal clonado. Este honor lo tiene una rana creada en 1958 por sir John Gurdon, pionero de las células madre y premio Nobel en el 2012. Tuvieron que pasar casi 40 años para que aquellas técnicas pioneras se pudieran aplicar a los mamíferos. Esta es la razón por la cual Dolly creó un revuelo extraordinario: acercaba peligrosamente a nuestro entorno más cercano la posibilidad de hacer duplicados genéticos. Pocos años después el hito se repetiría con otros mamíferos: ratones, vacas, cabras... Parecía que no tardaríamos mucho en añadir nuestro nombre en la lista.

Pero los experimentos con embriones humanos todavía se resistían, por motivos que no estaban del todo claros. En el año 2004, el coreano Hwang Woo-suk proclamó que había creado células madre clonadas a partir de un donante, el primer paso del proceso, pero al final se descubrió que todo había sido un engaño. No fue hasta nueve años después cuando, al parecer, por fin se había conseguido de verdad. Más allá de la posibilidad de copiarnos (crear un ejército de clones como el de 'Star Wars' no ha sido nunca una prioridad científica), esto podría servir para personalizar células madre que se podrían utilizar para reparar o sustituir órganos que no funcionan, sin que crearan un rechazo al cuerpo porque tendrían nuestro mismo ADN. Ha sido necesario que transcurran dos décadas, pero finalmente lo que avanzaba en mis conferencias sobre qué podía pasar gracias a las puertas que se habían abierto con Dolly comienza a tomar forma.

Gracias a aquel ciclo de charlas conocí a un montón de personas interesantes, personas mayores que no querían que este mundo se les escapara de las manos y que, a pesar de que les parecía que habían caído en un cuento de ciencia ficción y no podrían salir, luchaban por no quedar fuera de juego. Gente de todo tipo (universitarios, agricultores, empresarios, amas de casa...) que tenían una cosa en común: ganas de saber, uno de los impulsos más básicos y antiguos del ser humano.

Solo necesitaba un proyector de diapositivas y una pantalla para enseñarles la cara de Dolly y podía hacerles soñar con un universo fantástico que seguramente no llegarían a conocer nunca. Pero tenían suficiente sabiendo que sus hijos y sus nietos quizá sí que lo podrían disfrutar.

Aquel futuro que nos prometía Dolly ha resultado bastante diferente de cómo nos lo imaginábamos. Ni siquiera ahora nos es posible adivinar qué efecto tendrán estos descubrimientos en la sociedad. Esto siempre será así. Por muchas previsiones que hagamos, y los científicos nos lo piden cada vez que tenemos un micrófono delante, nunca llegaremos a acertar cuándo se harán realidad las maravillas que pronosticamos. Algunas cosas que ahora nos parecen fáciles de conseguir resultarán imposibles y otras que ni se nos habían ocurrido se convertirán en revelaciones imprescindibles. Y, si todo va bien, iremos avanzando poco a poco hacia un lugar mejor gracias a la ciencia.

Veinte años después de Dolly continúo tratando de explicar qué hacemos los investigadores en el laboratorio y cómo intentamos cambiar el mundo. Dedico tiempo porque me gusta, porque creo que es uno de los deberes de los científicos y porque estoy convencido de que la sociedad necesita estar bien informada para poder elegir su destino. Únicamente espero que, dentro de 20 años más, cuando sea yo quien pase las tardes en un club de jubilados, un jovencito me explique ilusionado todas las cosas fabulosas que pronto deberían ser posibles, y que yo lo sepa escuchar con el mismo entusiasmo que demostraba mi primer público.

[Publicado en El Periódico, 11/06/16. Versió en català.]